El principio de una historia, es empezar por algún punto de la mitad


Aún no he empezado y ya me estoy justificando por el previsible desorden, por el caos, porque aunque me gustaría deciros que no, para empezar necesito una excusa por si acaso no consigo expresar lo que quería, cómo lo quería… o por si la lío parda, cosa probable también.

Además, siento que mi cabeza ahora y probablemente siempre, ha sido y será tal que así. Y así probablemente se exprese por aquí también. Así que puede ser otra forma de conocerme y entender lo que a menudo han descrito como locura.

Soy algo similar a un recipiente, solo que sin algoritmo que ordene todo lo que me llega en esta era de la información. Un montón de contradicciones en lucha permanente, que conforme se resuelven, plantean una mayor. Pero quiero pensar que con la empatía como bandera, puedo llegar a hacer algo mediamente de provecho.

Con límites, con fallos, con recaídas y con la mayor parte de los días menos inspirado de lo que me gustaría. Bueno, en realidad siempre, pero aceptarme con estas limitaciones, esta siendo parte del aprendizaje, y una de las razones por las que me he decidido a escribir por fin. Porque aunque me siguen acomplejando mis defectos, lucir las imperfecciones es parte imprescindible para continuar con el aprendizaje y aceptarme. De aprender a quererme.

Y porque quiero darle las gracias al feminismo. Porque aunque no fue el principio, fue lo que realmente, lo cambió todo.
De lo que es imposible que me canse o aburra. Como decía me ha ayudado a no mirarme con una culpa que me bloquea, a sentirme más libre para expresarme y sentir, en un proceso que avanzo cada día un poquito más, observando como viene de la mano con una conciencia mucho más responsable con quienes y lo que me rodea. 
Ilustración: QAM
El feminismo probablemente se instaló, como en tantas otras vidas, desde la herida, desde el desgarro, desde la necesidad incluso. Aunque había llegado mucho antes, solo que como hombre bien aleccionado en la masculinidad, no solo no lo entendí, sino que compré y difundí la desvalorización que era llamarlas (sí, a ellas, de las que yo me diferenciaba de forma clara y radical, pero lejos de su radicalidad) “feminazis” desde la primera vez que lo escuché.

Y lo repetí con orgullo y alegría en mis grupos de seguridad, cuadrilla, familia… ser de los primeros en identificar la amenaza me hizo sentirme importante, y listo, que era más importante si cabe.
Además, durante años, nadie me rebatió, en gran medida porque nunca lo expuse en entornos que pudiera sentirme mínimamente cuestionado, y estudiaba trabajo social, así incluso creo que tuve que esconderme un poco. Muy poco la verdad.

Pero esto no va de la desesperanza, sino de lo contrario, porque aunque durante un tiempo busqué complicidades para burlarme del patriarcado, ya sabía nombrarlo, y por tanto, existía.
Un día, igual que hoy se habla de La manada de los San Fermines, se convirtió en la noticia a explotar por los medios la “presunta” violación de una joven en la feria de Málaga. Hasta entonces no me había visto cómplice ni nada parecido a una violación.
Pero probablemente gracias a lo que se había depositado en mí,  lo vi, fue un click inevitable. Esta vez me vi en cada noche de sábado, si no acosando a una perfecta desconocida (o semi, o igual de perfecta conocida), pensando en cuál sería la mejor forma de hacerlo, me recordé como había recomendado a amigos que se metieran en camas con mujeres disfrazándolo con palabras románticas, vi claro que prácticamente todas mis relaciones de amistad con las mujeres, se basaban en algún tipo de interés sexual por mi parte, hasta el punto de que pocos meses atrás, había roto una intensa relación porque ella no quiso acostarse conmigo.

No penséis que aquello consistió en ver claro entonces que colaboraba y participaba de la cultura de la violación. Sólo sé que todo aquello e infinitas cosas más pequeñas, vinieron a mi cabeza.

Creo que por primera vez en mi vida, sentí que ser adulto era responsabilizarme de todo aquello, por primera vez no dar la espalda a lo que estaba sintiendo buscando como justificarlo. Había culpa claro, pero dejé de entenderla como algo negativo y paralizante, como algo de lo que defenderme y a evitar. Siempre buscando cómo justificar… para no responsabilizarme de cómo yo mismo podía haber hecho sentir a tantas. Ya no tenía sentido seguir buscando otra excusa que siguiera protegiéndome de sentirme mal, culpable, cómplice o incluso agresor.
De nuevo con miedo a explicitar ciertas cosas, pero justo al revés que antes, puesto que no eran en mis antiguos entornos de seguridad, como la cuadrilla y la familia, donde pudiera encontrar permiso para expresar todas estas contradicciones, emociones, que no sabía explicar ni desarrollar de forma “lógica o racional”. Además, precisamante yo… pionero al hablar de feminazismo y justicia social, que para eso había estudiado trabajo social y se le llenaba la boca 4 de cada 3 veces hablando del 15M.

Y donde encontré la puerta, la comprensión y el apoyo para no sentirme juzgado, y sí apoyado para avanzar conforme me era posible, y lograr así entender y responsabilizarme de todo aquello en aquel momento de crisis de identidad tan importante, fue, paradójicamente, el feminismo.
No olvidemos mi necesidad apostólico romana de redimirme claro, pero ese tema, dará para varias entradas él solito.
Y el feminsimo no llegó como el Espítitu Santo claro, sino con forma de personas. Las que estuvieron más cerca en lo personal y emocional, mujeres. Pero debo reconocer que las lecturas, lo que tiene que que ver con autoridad y verdad verdadosa, en aquel principio, fueron de hombres, con Miguel Lorente de cabecera. Por si a algún otro puede también resultarle más sencillo.

Porque recordemos, recordemos que esto es un proceso, un camino en el que aún sigo y por el que me he sentido acompañado y empujado por un grupo enorme, pero entonces, sin las conocidas gafas violetas, el Everest me parecía pequeño frente a lo que sentía que tenía que abordar.

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